Luz de la esperanza: por qué Rizal rechazó escapar

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Caminar hacia la muerte a menudo requiere valentía, pero rechazar la huida de la muerte requiere fe. El 30 de diciembre de 1896, en la madrugada, José Rizal caminó hacia el cadalso en el Parque Luneta de Filipinas, y su pulso estable fue testigo de ello. Él pudo haber vivido—la propuesta de rescate de Calamba por parte de Capitanes todavía estaba sobre la mesa, y Andrés Bonifacio incluso le había invitado a ayudar a liderar la próxima insurrección. Pero rechazó todas las oportunidades de escape.

Esta no es una historia sobre la muerte, sino sobre la elección.

Dos caminos diferentes hacia la libertad

Las diferencias entre Rizal y Capitanes reflejan, en esencia, dos ideas diametralmente opuestas para cambiar el destino de Filipinas. Rizal creía en la reforma, Bonifacio en la revolución. La ironía de la historia es que estos dos caminos aparentemente opuestos finalmente conducen al mismo destino: la independencia de Filipinas.

Las objeciones de Rizal parecían racionales: él pensaba que los filipinos aún no estaban preparados para una insurrección total, y que actuar precipitadamente solo traería sangre innecesaria. Este pragmatismo surgía de su comprensión de la situación de sus compatriotas, pero también reflejaba su fe duradera en la posibilidad de asimilarse a España. En una carta, admitió: “Los filipinos han esperado durante mucho tiempo la asimilación con España, y anhelar esto es un error.” Pero esa percepción llegó demasiado tarde—cuando finalmente vio la ilusión de la asimilación, la marea revolucionaria ya era imparable.

El 15 de diciembre de 1896, cuando estalló la insurrección, Rizal hizo algo desconcertante: emitió una declaración pública condenando el movimiento. “De hecho, condeno esta insurrección,” escribió, “porque nos avergüenza.” No fue traición, sino la última resistencia de un intelectual educado—quería demostrar que el cambio podía lograrse con la pluma, no con la espada.

El poder de la conciencia misma

Pero aquí surge un giro. Fue precisamente la conciencia nacional despertada por Rizal a través de sus palabras la que catalizó las ideas de separación en los corazones de la gente. El historiador Renato Constantino observó que la campaña de propaganda de Rizal “no acercó a los filipinos a España, sino que enraizó la conciencia de separación.” Sus esfuerzos por reformar y asimilar, irónicamente, sembraron las semillas de la independencia.

Rizal mismo no pudo escapar a esta paradoja. Como parte de la élite ilustrada, admiraba el arte y la cultura europeas, pero enfrentó una y otra vez el racismo y la injusticia de los españoles. La disputa por la tierra en Calamba le hizo experimentar la opresión en carne propia, y finalmente rompió su última ilusión de asimilación. Pero Constantino también señala sin piedad que Rizal fue una “conciencia sin movimiento”—despertó la conciencia, pero no participó en la acción.

Sin embargo, esa misma “conciencia” es el combustible más poderoso de la revolución.

Por qué eligió la muerte

Antes de su ejecución, Rizal dio una respuesta sencilla pero contundente. Escribió: “Espero demostrar a aquellos que niegan nuestro patriotismo que sabemos cómo morir por nuestra responsabilidad y fe. Si un hombre muere por lo que ama, por su país, ¿qué importa la muerte?”

No era un fanático martirista, sino la decisión fría de un idealista. Según el historiador Ambeth Ocampo, cuando Rizal caminó hacia el cadalso, su pulso era normal; esa calma extraordinaria provenía de su plena conciencia de sus acciones. Sabía exactamente lo que hacía y conocía el costo. Rechazó escapar no porque no pudiera, sino porque traicionaría los principios en los que había creído toda su vida.

A diferencia de Andrés Bonifacio, asesinado tres años antes (1897), quien murió en una lucha interna por el poder, Rizal eligió conscientemente la muerte por los ideales que representaba.

La muerte de una persona, el renacimiento de un movimiento

El 30 de diciembre de 1896, cuando resonaron los disparos, José Rizal cayó. Pero su muerte fortaleció todo lo que había querido expresar en vida. Su ejecución evidenció el costo de la libertad de expresión, dio una claridad moral a la causa de la separación, y unió las fuerzas revolucionarias dispersas.

A simple vista, la muerte de Rizal parecía un fracaso en su camino de reformas—pero en realidad, fue su mayor éxito. Porque su partida despertó en el pueblo filipino un deseo de libertad más poderoso que cualquier discurso: la sed de libertad en sus corazones.

Los historiadores comprendieron más tarde que Rizal no fue un ausente de la revolución, sino que, en sacrificio, realizó la contribución más profunda a ella. Su conciencia se transformó en acción, pero esa acción fue llevada a cabo por millones de filipinos.

Lo que podemos aprender hoy

En el contexto actual, considerarlo un santo perfecto o un “héroe suave” moldeado por Estados Unidos es una interpretación errónea. La narrativa colonial estadounidense lo exaltó sobre Bonifacio y otros más radicales porque Rizal “no se opondría a las políticas coloniales.” Pero Rizal trasciende esa definición oficial.

Su verdadero legado radica en la simpleza de rechazar la traición a sus principios. En una era llena de tentaciones y presiones, que una persona se mantenga firme en sus principios es en sí mismo una revolución.

Cuando los corruptos y poderosos, y cuando la injusticia oprime a los oprimidos, los filipinos están llamados a hacer lo que Rizal hizo: rechazar la huida, mantener sus ideales. Quizá por eso, más de un siglo después, el 30 de diciembre, esta persona sigue siendo importante—no porque necesitemos un mito, sino porque necesitamos un recordatorio: los ideales valen la pena por los cuales morir, pero aún más por los cuales vivir.

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