Imagina que estás dispuesto a gastar 1.25 billones de dólares en comprar una casa, y el vendedor te dice que el 20% de las habitaciones están bloqueadas por leyes de secretos nacionales y no puedes verlas. ¿Firmarías este contrato de compra? Esa es precisamente la pregunta central que SpaceX, bajo Elon Musk, plantea a los inversores globales tras la fusión con xAI, antes de lanzar su “transacción del siglo” al mercado público.
Lanzamientos de cohetes, Internet vía Starlink, inteligencia artificial de vanguardia—detrás de estas historias seductoras, se oculta un mapa de riesgos mucho más complejo que los informes de bancos de inversión de Wall Street. Cuando una empresa obtiene casi una quinta parte de sus ingresos de contratos gubernamentales “en negro”, cuando una infraestructura de IA terrestre valorada en 25 mil millones de dólares podría ser eliminada por su propio plan espacial, o cuando un contrato de defensa caído del cielo genera interrogantes en el Congreso, ¿cómo puede un inversor común evaluar esta posible IPO que podría ser la más llamativa del siglo?
1. Los 4,000 millones en “cajas negras”: ingresos confidenciales no auditables
Según datos públicos, SpaceX generó aproximadamente 13 mil millones de dólares en ingresos en 2024, de los cuales unos 9 mil millones provienen de nuestro conocido servicio de Internet Starlink. Este negocio es claramente visible: los usuarios pagan mensualmente, el flujo de caja es estable, y los analistas pueden modelar y predecir con facilidad.
Pero los otros aproximadamente 4 mil millones de dólares de ingresos permanecen envueltos en el velo de secretos del Pentágono. En los libros de SpaceX hay al menos 22 mil millones en contratos con el gobierno, muchos de ellos relacionados con proyectos altamente confidenciales: lanzar satélites espía para agencias de inteligencia, proveer comunicaciones cifradas para el Departamento de Defensa, ejecutar misiones espaciales que no pueden discutirse públicamente. La cantidad, los detalles e incluso la existencia misma de estos contratos están cubiertos por “tinta negra”.
La cuestión es: cuando una compañía cotiza en bolsa, los inversores dependen de informes financieros transparentes y auditables para tomar decisiones. Pero si entre el 15% y el 20% de los ingresos principales de la empresa están prohibidos por ley de ser divulgados, ¿cómo evalúan su verdadera rentabilidad y salud operacional? Es como evaluar un restaurante: sabes que factura 10 millones de dólares al año, pero 2 millones provienen de un sótano al que no tienes acceso—no puedes saber si allí hay un chef de alta gama o un casino ilegal.
Más aún, justo antes de la fusión, xAI obtuvo repentinamente en julio de 2025 un contrato valorado en 200 millones de dólares con el Pentágono para proveer servicios de IA a millones de militares. Y solo unos meses antes, el jefe de IA del Pentágono había declarado públicamente que xAI “nunca había sido considerado”. La fuente de ese contrato y la posible línea de proyectos confidenciales que pueda seguir, son igualmente un gran interrogante para los inversores.
2. El “dinosaurio” de 25 mil millones: centro de IA terrestre vs. sueño de IA espacial
xAI acaba de invertir 25 mil millones de dólares en la construcción en Memphis de un supercentro de datos llamado “Colossus”, equipado con 555,000 chips de IA dedicados. Sin duda, uno de los mayores centros de inteligencia artificial en la Tierra.
Pero uno de los principales argumentos de venta de la fusión es que SpaceX planea construir en órbita un centro de datos solar-espacial alimentado por energía solar casi infinita, con refrigeración gratuita gracias al frío extremo del espacio. Si esta “granja de servidores en el espacio” se hace realidad, centros terrestres como “Colossus”, que costaron miles de millones y dependen de la red eléctrica y agua de enfriamiento, podrían convertirse en dinosaurios tecnológicos de la noche a la mañana.
Se pide a los inversores que paguen por dos visiones del futuro que se contradicen: si la IA espacial tiene éxito, los 25 mil millones en Memphis podrían verse severamente depreciados; si fracasa, toda la narrativa de sinergia de la fusión se desploma. Esta estrategia de “tener el pastel y comérselo” en realidad representa un riesgo de asignación de capital enorme.
3. Contratos caídos del cielo y “brechas de seguridad” toleradas
Volvamos a ese misterioso contrato de 200 millones con el Pentágono. La línea de tiempo presenta varias dudas:
Febrero a abril de 2025: Musk lidera un proyecto especial llamado “Departamento de Eficiencia Gubernamental” (DOGE), que permite a su equipo acceder a bases de datos sensibles del gobierno.
Marzo de 2025: el jefe de IA del Pentágono renuncia y declara que xAI “no está en consideración” para contratos.
Julio de 2025: xAI, junto con gigantes como OpenAI y Google, obtiene la adjudicación.
La senadora Elizabeth Warren ya ha enviado cartas solicitando investigaciones, cuestionando si Musk usó sus permisos gubernamentales para beneficiar a su propia empresa. Es como si un miembro del consejo de planificación urbana renunciara y fundara una constructora que gana un contrato municipal—aunque sea solo una coincidencia, ya hace que cualquier inversor cauteloso ponga atención.
Lo que resulta aún más inquietante son los problemas de seguridad. Cinco días antes de obtener el contrato, el chatbot Grok de xAI sufrió una falla grave, llegando a elogiar a Adolf Hitler. 16 senadores estadounidenses firmaron una carta condenando a xAI por lanzar productos sin “ningún documento de seguridad”. La respuesta del Pentágono fue casi de aprobación tácita. En contraste, los contratistas tradicionales como Boeing, ante problemas de seguridad, suspenden inmediatamente sus productos y cancelan contratos.
Esto plantea una pregunta aguda: cuando una empresa se vuelve “indispensable” para la estrategia de defensa por su tecnología, ¿obtiene un “privilegio” para evadir responsabilidades? Para los inversores, una dependencia sin controles del gobierno puede acarrear riesgos regulatorios y de reputación mucho mayores a largo plazo.
4. De infraestructura civil a objetivo militar: el riesgo geopolítico de Starlink
Un cambio poco discutido pero crucial que trae la fusión es que, al integrarse en xAI (una contratista del Pentágono), la naturaleza del negocio de Starlink cambia radicalmente.
Antes, Starlink era utilizado por el ejército ucraniano, pero en esencia seguía siendo un servicio de internet civil global. Ahora, forma parte de una compañía que provee servicios de IA confidenciales para el Departamento de Defensa de EE.UU. En términos militares, esto la transforma de “infraestructura civil” a “activo dual” militar y civil.
El riesgo es que investigadores militares chinos han publicado más de 60 artículos sobre cómo destruir o paralizar constelaciones de Starlink, incluyendo armas anti-satélite, enjambres de drones interferentes, ciberataques a estaciones terrestres e incluso sabotaje en la cadena de suministro de chips. Cuando Starlink era solo un proveedor de internet, estas ideas eran más teóricas; pero si se convierte en parte del sistema de comunicaciones militares de EE.UU., estos planes podrían pasar de la teoría a la práctica.
Imagina una tensión en el Estrecho de Taiwán: Starlink pasaría de ser una plataforma comercial a un objetivo militar de alto valor. ¿Qué significa esto para los 120 mil millones de dólares anuales en ingresos de Starlink? La valoración actual del mercado parece no haber reflejado aún estos riesgos geopolíticos y sistémicos potenciales.
5. La “zona gris” del monitoreo de datos y el reloj legal
Según los detalles del contrato, el sistema de IA del Pentágono accederá a datos en tiempo real de la plataforma X (antes Twitter), para entrenar modelos. X tiene más de 600 millones de usuarios, generando una cantidad inmensa de discursos públicos, interacciones privadas y datos en tiempo real.
Esto abre una “zona gris” potencial de vigilancia. En teoría, los datos se usan para entrenar IA, pero una vez establecido el canal, ¿quién garantiza que no se usen para monitorear protestas internas, rastrear fuentes de periodistas o analizar redes sociales? Organizaciones como la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) probablemente presentarán demandas legales. Si se inician, esa aparentemente sólida inversión de 200 millones de dólares en contratos gubernamentales podría verse envuelta en tormentas políticas y judiciales, poniendo en duda los ingresos.
Además, la elección del momento del IPO también tiene su truco. La ley de valores establece que las demandas por fraude en IPO prescriben a los dos años de haber descubierto el fraude, o a los cinco años de ocurrido. Si información clave (como la verdadera naturaleza de los ingresos confidenciales) se oculta en 2026 y solo se revela en 2028-2029, el plazo de prescripción podría comenzar en 2026. Cuando los inversores descubran los problemas, la ventana legal para reclamar puede estar cerrada. No es ilegal, pero sí una estrategia legal astuta, que sugiere que el equipo legal ya tiene preparado un plan para los posibles “problemas” post-IPO.
Conclusión: ¿Lo que compras es “el futuro” o “la dependencia”?
Tras despojar el glamour de los cohetes y la IA, la esencia de la fusión SpaceX-xAI es apostar a que el gobierno de EE.UU. desarrollará una dependencia permanente y total de una compañía en lanzamientos, satélites, comunicaciones e inteligencia artificial. Esa dependencia será tan profunda que, incluso ante problemas de seguridad, las autoridades no se atreverán a sancionar fácilmente.
“Grande e insustituible” no equivale a “buena inversión”. El gobierno no permitirá que infraestructura crítica colapse, pero eso no impide que las acciones caigan un 50% por depreciación de activos de 25 mil millones, por investigaciones del Congreso que cancelen contratos, o por satélites derribados en conflictos geopolíticos.
Es probable que esta IPO tenga éxito, porque Starlink genera ingresos reales, el Pentágono necesita a SpaceX, y los inversores institucionales están acostumbrados a los negocios confidenciales de contratistas militares. Pero “tener éxito en la cotización” no significa que sea una inversión recomendable. Boeing, vital para la defensa nacional, aún no se ha recuperado completamente de la crisis del 737 MAX.
Al final, esta transacción de 1.25 billones de dólares exige que los inversores paguen por tecnologías espaciales no verificadas, activos terrestres potencialmente obsoletos, contratos gubernamentales con fuentes dudosas, ingresos secretos no comprobados y riesgos geopolíticos no valorados. Musk quizás pueda volver a hacer magia, pero antes de firmar este “hipotecamiento”, cada inversor debe ser consciente de que en esas habitaciones cerradas por ley, puede haber no solo tesoros, sino también desafíos imprevistos. Antes de perseguir el futuro, también es importante mirar bien el camino que tenemos por delante.
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SpaceX y la unión de 1,25 billones de dólares con xAI: Los cinco "elefantes en la habitación" que Wall Street no te contó
Imagina que estás dispuesto a gastar 1.25 billones de dólares en comprar una casa, y el vendedor te dice que el 20% de las habitaciones están bloqueadas por leyes de secretos nacionales y no puedes verlas. ¿Firmarías este contrato de compra? Esa es precisamente la pregunta central que SpaceX, bajo Elon Musk, plantea a los inversores globales tras la fusión con xAI, antes de lanzar su “transacción del siglo” al mercado público.
Lanzamientos de cohetes, Internet vía Starlink, inteligencia artificial de vanguardia—detrás de estas historias seductoras, se oculta un mapa de riesgos mucho más complejo que los informes de bancos de inversión de Wall Street. Cuando una empresa obtiene casi una quinta parte de sus ingresos de contratos gubernamentales “en negro”, cuando una infraestructura de IA terrestre valorada en 25 mil millones de dólares podría ser eliminada por su propio plan espacial, o cuando un contrato de defensa caído del cielo genera interrogantes en el Congreso, ¿cómo puede un inversor común evaluar esta posible IPO que podría ser la más llamativa del siglo?
1. Los 4,000 millones en “cajas negras”: ingresos confidenciales no auditables
Según datos públicos, SpaceX generó aproximadamente 13 mil millones de dólares en ingresos en 2024, de los cuales unos 9 mil millones provienen de nuestro conocido servicio de Internet Starlink. Este negocio es claramente visible: los usuarios pagan mensualmente, el flujo de caja es estable, y los analistas pueden modelar y predecir con facilidad.
Pero los otros aproximadamente 4 mil millones de dólares de ingresos permanecen envueltos en el velo de secretos del Pentágono. En los libros de SpaceX hay al menos 22 mil millones en contratos con el gobierno, muchos de ellos relacionados con proyectos altamente confidenciales: lanzar satélites espía para agencias de inteligencia, proveer comunicaciones cifradas para el Departamento de Defensa, ejecutar misiones espaciales que no pueden discutirse públicamente. La cantidad, los detalles e incluso la existencia misma de estos contratos están cubiertos por “tinta negra”.
La cuestión es: cuando una compañía cotiza en bolsa, los inversores dependen de informes financieros transparentes y auditables para tomar decisiones. Pero si entre el 15% y el 20% de los ingresos principales de la empresa están prohibidos por ley de ser divulgados, ¿cómo evalúan su verdadera rentabilidad y salud operacional? Es como evaluar un restaurante: sabes que factura 10 millones de dólares al año, pero 2 millones provienen de un sótano al que no tienes acceso—no puedes saber si allí hay un chef de alta gama o un casino ilegal.
Más aún, justo antes de la fusión, xAI obtuvo repentinamente en julio de 2025 un contrato valorado en 200 millones de dólares con el Pentágono para proveer servicios de IA a millones de militares. Y solo unos meses antes, el jefe de IA del Pentágono había declarado públicamente que xAI “nunca había sido considerado”. La fuente de ese contrato y la posible línea de proyectos confidenciales que pueda seguir, son igualmente un gran interrogante para los inversores.
2. El “dinosaurio” de 25 mil millones: centro de IA terrestre vs. sueño de IA espacial
xAI acaba de invertir 25 mil millones de dólares en la construcción en Memphis de un supercentro de datos llamado “Colossus”, equipado con 555,000 chips de IA dedicados. Sin duda, uno de los mayores centros de inteligencia artificial en la Tierra.
Pero uno de los principales argumentos de venta de la fusión es que SpaceX planea construir en órbita un centro de datos solar-espacial alimentado por energía solar casi infinita, con refrigeración gratuita gracias al frío extremo del espacio. Si esta “granja de servidores en el espacio” se hace realidad, centros terrestres como “Colossus”, que costaron miles de millones y dependen de la red eléctrica y agua de enfriamiento, podrían convertirse en dinosaurios tecnológicos de la noche a la mañana.
Se pide a los inversores que paguen por dos visiones del futuro que se contradicen: si la IA espacial tiene éxito, los 25 mil millones en Memphis podrían verse severamente depreciados; si fracasa, toda la narrativa de sinergia de la fusión se desploma. Esta estrategia de “tener el pastel y comérselo” en realidad representa un riesgo de asignación de capital enorme.
3. Contratos caídos del cielo y “brechas de seguridad” toleradas
Volvamos a ese misterioso contrato de 200 millones con el Pentágono. La línea de tiempo presenta varias dudas:
La senadora Elizabeth Warren ya ha enviado cartas solicitando investigaciones, cuestionando si Musk usó sus permisos gubernamentales para beneficiar a su propia empresa. Es como si un miembro del consejo de planificación urbana renunciara y fundara una constructora que gana un contrato municipal—aunque sea solo una coincidencia, ya hace que cualquier inversor cauteloso ponga atención.
Lo que resulta aún más inquietante son los problemas de seguridad. Cinco días antes de obtener el contrato, el chatbot Grok de xAI sufrió una falla grave, llegando a elogiar a Adolf Hitler. 16 senadores estadounidenses firmaron una carta condenando a xAI por lanzar productos sin “ningún documento de seguridad”. La respuesta del Pentágono fue casi de aprobación tácita. En contraste, los contratistas tradicionales como Boeing, ante problemas de seguridad, suspenden inmediatamente sus productos y cancelan contratos.
Esto plantea una pregunta aguda: cuando una empresa se vuelve “indispensable” para la estrategia de defensa por su tecnología, ¿obtiene un “privilegio” para evadir responsabilidades? Para los inversores, una dependencia sin controles del gobierno puede acarrear riesgos regulatorios y de reputación mucho mayores a largo plazo.
4. De infraestructura civil a objetivo militar: el riesgo geopolítico de Starlink
Un cambio poco discutido pero crucial que trae la fusión es que, al integrarse en xAI (una contratista del Pentágono), la naturaleza del negocio de Starlink cambia radicalmente.
Antes, Starlink era utilizado por el ejército ucraniano, pero en esencia seguía siendo un servicio de internet civil global. Ahora, forma parte de una compañía que provee servicios de IA confidenciales para el Departamento de Defensa de EE.UU. En términos militares, esto la transforma de “infraestructura civil” a “activo dual” militar y civil.
El riesgo es que investigadores militares chinos han publicado más de 60 artículos sobre cómo destruir o paralizar constelaciones de Starlink, incluyendo armas anti-satélite, enjambres de drones interferentes, ciberataques a estaciones terrestres e incluso sabotaje en la cadena de suministro de chips. Cuando Starlink era solo un proveedor de internet, estas ideas eran más teóricas; pero si se convierte en parte del sistema de comunicaciones militares de EE.UU., estos planes podrían pasar de la teoría a la práctica.
Imagina una tensión en el Estrecho de Taiwán: Starlink pasaría de ser una plataforma comercial a un objetivo militar de alto valor. ¿Qué significa esto para los 120 mil millones de dólares anuales en ingresos de Starlink? La valoración actual del mercado parece no haber reflejado aún estos riesgos geopolíticos y sistémicos potenciales.
5. La “zona gris” del monitoreo de datos y el reloj legal
Según los detalles del contrato, el sistema de IA del Pentágono accederá a datos en tiempo real de la plataforma X (antes Twitter), para entrenar modelos. X tiene más de 600 millones de usuarios, generando una cantidad inmensa de discursos públicos, interacciones privadas y datos en tiempo real.
Esto abre una “zona gris” potencial de vigilancia. En teoría, los datos se usan para entrenar IA, pero una vez establecido el canal, ¿quién garantiza que no se usen para monitorear protestas internas, rastrear fuentes de periodistas o analizar redes sociales? Organizaciones como la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) probablemente presentarán demandas legales. Si se inician, esa aparentemente sólida inversión de 200 millones de dólares en contratos gubernamentales podría verse envuelta en tormentas políticas y judiciales, poniendo en duda los ingresos.
Además, la elección del momento del IPO también tiene su truco. La ley de valores establece que las demandas por fraude en IPO prescriben a los dos años de haber descubierto el fraude, o a los cinco años de ocurrido. Si información clave (como la verdadera naturaleza de los ingresos confidenciales) se oculta en 2026 y solo se revela en 2028-2029, el plazo de prescripción podría comenzar en 2026. Cuando los inversores descubran los problemas, la ventana legal para reclamar puede estar cerrada. No es ilegal, pero sí una estrategia legal astuta, que sugiere que el equipo legal ya tiene preparado un plan para los posibles “problemas” post-IPO.
Conclusión: ¿Lo que compras es “el futuro” o “la dependencia”?
Tras despojar el glamour de los cohetes y la IA, la esencia de la fusión SpaceX-xAI es apostar a que el gobierno de EE.UU. desarrollará una dependencia permanente y total de una compañía en lanzamientos, satélites, comunicaciones e inteligencia artificial. Esa dependencia será tan profunda que, incluso ante problemas de seguridad, las autoridades no se atreverán a sancionar fácilmente.
“Grande e insustituible” no equivale a “buena inversión”. El gobierno no permitirá que infraestructura crítica colapse, pero eso no impide que las acciones caigan un 50% por depreciación de activos de 25 mil millones, por investigaciones del Congreso que cancelen contratos, o por satélites derribados en conflictos geopolíticos.
Es probable que esta IPO tenga éxito, porque Starlink genera ingresos reales, el Pentágono necesita a SpaceX, y los inversores institucionales están acostumbrados a los negocios confidenciales de contratistas militares. Pero “tener éxito en la cotización” no significa que sea una inversión recomendable. Boeing, vital para la defensa nacional, aún no se ha recuperado completamente de la crisis del 737 MAX.
Al final, esta transacción de 1.25 billones de dólares exige que los inversores paguen por tecnologías espaciales no verificadas, activos terrestres potencialmente obsoletos, contratos gubernamentales con fuentes dudosas, ingresos secretos no comprobados y riesgos geopolíticos no valorados. Musk quizás pueda volver a hacer magia, pero antes de firmar este “hipotecamiento”, cada inversor debe ser consciente de que en esas habitaciones cerradas por ley, puede haber no solo tesoros, sino también desafíos imprevistos. Antes de perseguir el futuro, también es importante mirar bien el camino que tenemos por delante.